-Venga, Irene, tu puedes...- pensé mientras apagaba la música martilleante del despertador que anunciaba el fin de las vacaciones. No ocurría nada “especial” por así decirlo, solo empezaban las clases, y volvería a ver a Meg, mi mejor, y única, amiga a la que llevaba sin ver desde que acabó julio, ya que el verano lo pasa en la soleada California con su familia.
Abrí la ventana con la esperanza de encontrarme con algo que no fuera lo obvio, el típico cielo nublado y un día frio y nebuloso de principios de octubre en Londres, pero me llevé una decepción aún mayor, aparte de la nebulosidad y de el cielo de un color tan oscuro que parecía que iba a azotar una tormenta de un momento a otro, la temperatura en el exterior no debía superar los 5 grados, mientras que normalmente por estas fechas, las temperaturas más bajas son de 7 o 8 grados...
No se distinguía ningún rayo de sol... y eso me hico sentir aún peor. No es que no me gustara el frío, solo que prefería el sol y que saliera de Londres apenas 3 veces al año, no ayudaba mucho.
Me puse el estúpido uniforme, diferente al del año pasado, tan sumamente feo, que ni si quiera yo podía hacerle un arreglo en un inútil intento de hacerlo parecer menos... ¿pijo? Dejémoslo ahí.
El del año pasado también era muy... así, pero cambiándole varias cosas, quedaba aceptable, de este no podía decir lo mismo. La falda, de un tono ultramar demasiado claro para mi gusto, apenas llegaba a la mitad del muslo, mientras que la otra pasaba de la rodilla, la camisa era blanca, casi transparente, y la corbata y el chaleco del mismo tono de azul.
En el otro, el azul de la falda era negro, el chaleco negro y rojo (a cuadros tipo escocés) y la corbata roja con el escudo del instituto. Lo único era que, las medias, o calcetines, y los zapatos eran libres, un añadido que no esperaba, pero no había nada que hacer ante el resto.
Como hacía bastante frío, sustituí mis habituales medias de red por unas algo más gruesas negras con calaveras blancas y las primeras botas que pillé en el armario.
Al hacer esto, no pude evitar mirarme al espejo y, no sin cierto gesto de desaprobación, fui a peinarme y maquillarme, lo típico de todas las mañanas.
Al terminarlo todo, ya lista para enfrentarme a un nuevo día de instituto, bajé a por algo de desayunar, pero antes de que me diera tiempo si quiera de abrir la nevera, escuche el sonido del claxon que tan familiar me era. Meg estaba ya esperándome, tan puntual como siempre.
Me asomé a la ventana para asegurarme de que era ella, y no cabía duda alguna. Allí estaba ella, sentada sobre la moto con mi casco en la mano y con una sonrisa de oreja a oreja.
Meg era algo más alta que yo, y la melena rubia le caía en cascada por la espalda, tenía los ojos azules, muy grandes, y de no ser porque la gente “normal” pasaba de nosotras porque según ellos éramos unas “raritas”, sería la chica más popular de todo el instituto, incluso de todo el barrio.
Abrí rápidamente la puerta mientras cogía la mochila y gritaba “¡Mamá, me voooy!” y casi de un salto salí a la calle y la abracé
-¡Meg!¡Cómo te he echado de menos!- al decir eso sonreí a la espera de que ella hiciera lo mismo.
-Yo también Irene, si no fuera porque me encantan las playas de California, estos habrían sido los peores meses del año- me sonrió y me tendió el casco- Ten, vamos a clase, espero que nos haya tocado juntas.
Me subí a la mota sin vacilaciones, a la espera de que me contara como había pasado el verano y pudiera olvidarme de la fecha que cada vez estaba más cerca, 17 de Octubre.
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